No me acuerdo...bueno, la verdad sí. Eran las Spice Girls las que sonaban en mi estéreo por esos días... y a veces Molotov, más por morbo y absurda rebeldía.
Con la secundaria te inicias en estas fiestas. Me corrijo: con la secundaria de monjas, o de perdida con la secundaria privada, porque desde el nombre "Noche COLONIAL" y las simpáticas estudiantinas con sus ridículas vestimentas medievales empieza, si no lo discriminatorio, sí lo diferenciatorio... que a ver si a fin de cuentas no es lo mismo.
Claro, no se le cierra la puerta a nadie, pero los invitados implícitos y explícitos son los colegios "hermanos", de niños y niñas bien que estén interesados en pasar las últimas noches de otoño
comiendo papas en espiral y donas, dando vueltas por el patio de una escuela ajena. De fondo, los acordeones y las castañuelas que sólo se distinguen y se perciben concientemente cuando se ha abandonado definitivamente la pubertad y que marcan el ritmo de los aplausos que sólo te atreverás a dar entrada la vejez; pero antes, son sólo un elemento más al fondo del escenario de las que probablemente son las primeras noches de independencia.
(Y tal vez tengas razón: el carácter dominante de nuestras escuelitas religiosas se nos meten tanto en la vida, que incluso son ellas las que deciden cómo inicia nuestra adolescencia, pues arman todo el teatro que lo envuelve dentro de sus propias paredes)
Sí, así nos estrenamos en las escuelas privadas, en un ambiente tan esponjoso y dulce como el algodón de azúcar que puedes comprar cambiando diez pesos por billetes de cartón o fichas de plástico de colores.
En el escondite oscuro que ofrecen los jardines de los colegios de monjas, un cigarro clandestino, o en el mejor de los casos, tu primer beso. Si no, paseas del brazo de tu mejor amiga por el patio, recorriendo los puestos una y otra vez sin darte cuenta de lo que venden: estás siguiendo a ese guitarrista tan guapo que acaba de bajar del escenario y que con su capa negra de estudiantina que le llega hasta la pantorrilla parece un Batman sin máscara.
Llevas una blusa nueva y te rehúsas a ponerte el suéter aunque diciembre se sienta con toda su furia en cada ventisca helada que hace crecer cada vez más la fila para comprar ponche o chocolate o café capuchino.
Los grupos de amigos raramente son mixtos, como las escuelas privadas; sólo los más grandes o los más populares rompen con la regla de los tres o cuatro niños o niñas, siempre separados por sexos, dando vueltas alrededor del patio.
No es tanto tiempo. Han pasado ocho años desde que comencé a visitar las noches coloniales de otras escuelas que no fueran la mía, y me parece realmente muy poco tiempo. Inclusive podría decir con quién estuve o cómo iba vestida. Es cierto, nunca me involucré demasiado porque nunca pertenecí a la estudiantina de mi gloriosa escuela y sobre todo, no entraré en detalles sobre mi popularidad o falta de ella, pero como para todas, las noches coloniales fueron la insignia de mi secundaria. Qué ternura.
No me sentiría tan lejana de no ser porque ahora fue la primera noche colonial de mi hermano, sí, el que gateaba cuando yo entré a secundaria. Pero todo cambia, porque ahora yo estoy en las sillas enfrente del escenario, con todos abuelitos llevados a fuerzas y los papás que se desviven por tomar una foto al hijo cantor, por saludarlo, por aplaudir más fuerte que ningún otro papá, por organizar porras. Ajá... mi hermano canta en el coro de su secundaria... y me parece increíble pensar que hace ocho años mirábamos de reojo al mismo grupo, sonrojándonos si nos descubria ese guitarrista tan guapo. Y lo increíble es que suene tan igual, a pesar de que el guitarrista ahora es tan viejo como yo, cuando ayer éramos tan chaparros como mi hermano y sus compañeros, que ahora hacen del coro lo mismo que hicieron otros totalmente distintos hace ocho y más, muchos más años. Luego mi hermano terminará de cantar y bajará, y se comprará papas en espiral y una coca-cola, y caminará por los patios bien cuidados de las escuelas con sus amigos, y le cambiará la voz cuando hable con ellos, y se empezará a fijar en una guitarrista guapa, y querrá llegar solo y estar solo e irse solo de estas cosas... es decir, sin nosotros, sin mí y sin mis padres, especialmente.
Puedo decirte que hace ocho años no se llamaban Alberto y Eduardo y Felipe, se llamaban Pipo y Javier y Jaime... pero inexplicablemente suena absolutamente igual, como si el coro tuviera vida propia y él fuera el que prestara su voz y su música a los coristas y no viceversa ¿Cómo concebir que es que ahora mi hermano ocho años menor es el que pone el fondo musical a mis noches de secundaria? ¿Que yo vuelva a ser la treceañera que camina mordiendo una dona?


