Vuelvo a ser tuya enteramente, ya no del egoísmo, ya no del miedo. Tus manos me rescataron cuando buceaba en tu cama que siempre es marina. Isla y océano. Me encuentran con la ansiedad de quien siente un cuerpo familiar a la deriva y con el deseo de quien había olvidado sus formas, probablemente enterradas en la cotidianedad. Tus manos y mi cuerpo son ciegos. Chocamos en la penumbra, tus manos se llenan de mi piel como si lo moldearan a partir de la nada. Agradezco la firmeza y la lisura del vientre, el tiempo y el fervor que dedicas a la redondez de los pechos, casi obsesiva la pasión con que los moldeas. Yo, como se debe sentir la ilusionada arcilla, me siento vigorosa, fuerte, hermosa, perfecta, en camino de ser estatua divina. Mi cuerpo desnudo es arma paradójica que, al dominarte, causa mi propia dominación. Te hipnotiza sólo para someterme a tu hipnotismo, para que pronto, sea yo la que quede cubierta por tí, abierta a tu boca que besa y muerde, a tus manos que acarician y sujetan, a tu temblor que finalmente te hace derrumbarte sobre mí. Es entonces que yo te recibo en mi pecho y abrazo tus últimos estertores. Ojos cerrados. Silencio. Amado silencio. Afuera: la lluvia, el mediodía, el gris.